De día negro a día gris invernal


El 24 de enero fue, según una fórmula matemática, el peor día del año. Al parecer así lo ha determinado un investigador británico, que a falta de ideas para resolver un problema realmente importante, ha preferido perder el tiempo en hacer esa fórmula. Sin embargo, no me sentí ayer especialmente mal, quizá porque soy de letras y no me interesan las matemáticas. Pero he de reconocer que, cuando leí la noticia, empecé a sentir un leve sentimiento de tristeza, que intentaba fomentar para sentirme solidariamente conectado con el resto. La tristeza se me pasó cuando leí con más detenimiento la fórmula: el clima, las deudas por la Navidad, los fracasos en desterrar un mal hábito y el sueldo son las variables para medir la felicidad de la persona. Vamos, que todo depende del dinero. A eso se reduce la vida de la gente, para este investigador. Ni siquiera el clima, porque con dinero se puede buscar el sol.

Hemos llegado a un punto donde el nivel económico es la única medida que estipula la felicidad, el éxito, la realización personal o la belleza, si me apuran. Ya nada importa más allá de una cuenta corriente, lo que también da una medida de la locura vivida durante los años de bonanza económica, con un desaforado culto al éxito económico. Pero también del profundo desengaño de una sociedad que se ha visto empobrecida y humillada por una crisis que ha sido un bofetón en toda la cara y sin posibilidad de esquivar el golpe.

Esa forma de ver la vida, con una etiqueta que marca el precio a todas las cosas, también está pasando factura a la ciudad. No hay más que ver la maniobra del Ayuntamiento de Málaga y de la Junta de Andalucía para dar entrada al mamotreto de Moneo. Que sí, que es un gran arquitecto. Que sus edificios son como esculturas en un diálogo abierto con la modernidad. Que está más premiado que Sergei Bubka... Todos los argumentos a favor de este edificio de 10 plantas junto al Guadalmedina están muy bien y son muy bonitos, pero lo que importa es el dinero. A las administraciones parece que le da igual que se lleve por delante un edificio histórico como la pensión La Mundial, que toda la margen del río que da entrada al Centro se convierta en un alto muro de hormigón, como una cárcel visual, o que el ciudadano esté en contra. Ahora lo que importa es el precio de las cosas, no su valor, una medida que hemos perdido con tanto interés por buscar resultados matemáticos para todo. Como perderemos para siempre un trozo de Málaga con el hotel de Moneo, que bien podría ir en cualquier otro sitio libre de la ciudad.

Ayer, 24 de enero, no fue un día negro porque lo dijera una inútil fórmula matemática. En todo caso fue un día gris invernal por el mal tiempo y que hizo aún más melancólica la visión de la antigua pensión esperando su ejecución.

Miguel Ferrary, La Opinión de Málaga 25/01/2011

1 comentario:

  1. Yo nací un 24 de enero, hace ya muchos años. Y desde la autoridad "genética" y moral que me otorga el pertenecer a dicho grupo privilegiado por la naturaleza para hablar de este tema concreto (grupo al que también pertenecen los casados felizmente ese día, los que han tenido sus hijos ese día, a los que les ha tocado la lotería ese día, los que se han descubierto el amor, o se han descubierto a sí mismos ese día, etc....) me atrevo a decir dos cosas: la primera, que el planteamiento del estudio supuestamente científico (y no me atrevería a decir la personalidad del investigador, por no ofender) está rozando la prevaricación descarada o, quizás peor, la estulticia más absoluta; y, segundo, que las verdades vertidas en el artículo que se expone en el blog rozan lo doloroso, lo cual no las hacen menos ciertas (aunque prefiramos cerrar los ojos para no verlas). Quizás el peor día del año (salvando desgracias personales, se entiende) es aquel en el que se pierde irremisiblemente un elemento irrepetible del patrimonio histórico, una seña de identidad de la comunidad que formamos entre todos, una pequeña joya familiar heredada de nuestros antepasados (sea un edificio, una placita, una esquina o una callecita entera), privándonos del disfrute gratuito (esto sí que es de todos libremente) al que tenemos derecho como herederos, aunque humildes, de la historia común y, lo que es mucho peor, usurpándoselo cruelmente a las generaciones futuras. No hay días nefastos, lo que hay son decisiones, actitudes (y, en todo caso, personas) nefastas. Y no me refiero a nadie en concreto. O sí.

    Nacido el 24 de enero

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